16 de febrero 2025
No la vio cuando se sentó a observarlo desde la penumbra. Pero aunque la hubiese visto no sabría que lo que hacía era capturarlo en su memoria, guardarse ese único recuerdo de él, sereno, sobre su silla, con la tranquilidad y la claridad que sólo el sexo conceden.
Sus brazos largos, sus besos suaves, su ceja bailarina. Las risas, el deseo, las ganas de sentir. Las heridas que él quiso calmarle con caricias. Las nuevas que le abrió con su intermitencia y frialdad.
No la vio, pero no le hacía falta. Lo hizo por ella y para ella, para recordarlo en ese último espacio, para aprehender ese momento en el que él sintió por última vez su piel desnuda, caliente e impregnada de su olor.
Acomodó ese recuerdo en el espacio más tibio de su corazón, recogió su cuerpecito maltratado y salió de su vida con un beso fugaz.
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